Transdisciplina en Intercambios TransorgánicosTransdisciplinarity at Intercambios Transorgánicos
Gala Lucía González Barrios, 2021
Texto basado en la tesis de grado de la autora.Translated from Spanish. Based on the author’s undergraduate thesis.
Muchas veces nos preguntamos cómo simplificar las descripciones de los saltos paradigmáticos en torno a los enfoques disciplinares en el desarrollo de conocimiento. Solemos ver confusiones en relación con las diferencias entre inter y transdisciplina.
Para que sea sencillo de ordenar y de transmitir, Gala, nuestra directora, usa la técnica del «anillo de las disciplinas». Este es un pequeño documento dedicado a mostrar esta forma sencilla de presentar las diferencias entre uni, inter y transdisciplina.
«La transdisciplinariedad concierne, como el prefijo “trans” lo indica, lo que está a través de las diferentes disciplinas y más allá de toda disciplina. Su finalidad es la comprehensión del mundo presente, en el cual uno de los imperativos es la unidad del conocimiento.
Este cruce posibilita a un campo disciplinar específico ser mirado e intervenido con herramientas y gestos muy diferentes de los propios sin abandonar sus estructuras fundamentales. La atención en la acción transdisciplinaria está tanto más ubicada sobre acoples que produzcan nuevos resultados, que a la desintegración de las herramientas, ideas y técnicas propias de cada disciplina.»
Basarab Nicolescu (1996). La transdisciplinariedad. Manifiesto. Éditions du Rocher.
El anillo de las disciplinas

Aunque siempre lo llamé así, debería llamarse más bien el anillo de los paradigmas y las metodologías. Por supuesto, al ser un anillo, suelo usarlo en conversaciones para que el concepto de transdisciplina no le robe demasiado tiempo al tema central, para el cual la transdisciplina sería un enfoque, una filosofía de abordaje.
Anillo, tal como se usa: unidisciplina.

Esta es la unidisciplina. Es el profesional hiperespecializado, que solo ve una mano, una parte del sistema respiratorio o el pie; no ve a su objeto como un holos y no comparte demasiado con otros abordajes.
Anillo desplegado, con un vínculo: interdisciplina.

Esta es la interdisciplina, donde dos o más disciplinas se reúnen sabiendo que comparten el objeto de su trabajo, un mismo problema. Aquí se mantiene qué parte del problema le corresponde a cada una. Se escuchan y toman en consideración, por ejemplo, para tratar el pie del paciente, qué le pasa en la mano, pero en su práctica y análisis ejercen su formación disciplinar.
Anillo cruzado: transdisciplina.

Esta es la transdisciplina. Podría representar el enfoque de une sole profesional que amplió su mirada: cuando trata a un paciente ya no opera ni analiza solo desde una disciplina. Por eso hay «sujetos transdisciplinarios», que se forman en más de una disciplina. Realmente no es lo mismo hacer muchos cursos cortos de distintas cosas que formarse en más de una disciplina de interés, quitando la jerarquía de que hay una principal y las otras son hobbies.
El sujeto transdisciplinario no tiende a operar en soledad: los equipos y la actualización constante de la formación y la experiencia son parte de la dieta.
En el Manifiesto de la transdisciplinariedad, Nicolescu explica el término envolviéndolo en optimismo y ubicándolo en la promesa de un futuro para una humanidad que parece estar haciéndolo todo para asegurar su extinción:
«Aparecido hace tres décadas, casi simultáneamente, en los trabajos de investigadores tan diversos como Jean Piaget, Edgar Morin, Eric Jantsch y algunos otros, ese término fue inventado en su momento para expresar, sobre todo en el campo de la enseñanza, la necesidad de una feliz transgresión de las fronteras entre las disciplinas, de una superación de la pluri y de la interdisciplinariedad. Hoy día, la perspectiva transdisciplinaria es redescubierta, develada, utilizada, a una velocidad fulminante, como consecuencia de un acuerdo de necesidad con los desafíos sin precedentes del mundo problematizado en que vivimos. […] Los investigadores transdisciplinarios aparecen cada vez más como encauzadores de la esperanza.» (Nicolescu, 1998)
El origen del programa
El proyecto de investigación comenzó a partir de una visión de quien escribe: que podían fabricarse nuevas tecnologías a partir de un tipo de conocimiento que cruzara las artes con la salud en términos amplios, para atender problemáticas que no parecen encontrar soluciones integrales en el ámbito de la salud.
El proyecto se radicó en el MUNTREF Centro de Arte y Ciencia en 2015, con la aspiración de aportar a los saltos cualitativos que el sistema de salud debe hacer. El complejo sistema de salud occidental, y más aún el sistema de salud local, afecta a todas las personas de uno u otro modo, desde la construcción del concepto de salud hasta las internaciones hospitalarias. Este proyecto busca adentrarse en ese sistema y establecer estrategias y objetivos diversos, inesperados y colaborativos.
Desde ese punto de partida desarrollamos una serie de interfaces, en un primer período del proyecto, con dos objetivos: aumentar la motivación de pacientes en tratamientos de neurorrehabilitación y promover tanto su desarrollo creativo como la estructuración de sus rasgos identitarios. La meta era colaborar con equipos profesionales en los procesos de rehabilitación a partir de una hipótesis sobre el rol del arte en el desarrollo del potencial humano: un trabajo por una cultura menos centrada en la funcionalidad y la partición, más integrada y más comprensiva de la diversidad.
Nuestras hipótesis eran tan genuinas como idealistas y complejas. Hacer interfaces para el trabajo clínico de distintas disciplinas, pacientes e instituciones resultaba demasiado acotado para un momento inicial de exploración, y a la vez extremadamente delicado: en salud, el objeto de estudio es la persona, en general atravesando situaciones dolorosas o difíciles, en las que el cuerpo cambia de modo integral y con él, la vida. Además, es un campo duramente regulado, y suele haber una gran distancia entre un producto creado para resolver un problema y un producto aprobado, validado y capaz de circular como solución posible.
Desde el inicio tomamos el concepto de interfaz en términos de interfaces físicas o virtuales, de relación humano-máquina, y también como un sistema que puede involucrar una tecnología de experiencias humanas sin que medien interfaces interactivas. Junto con las interfaces físicas diseñamos interfaces educativas, con instancias exploratorias que incluían desafíos matemáticos, espaciales, de estimulación cognitiva y de exploración corporal a partir del sonido, con niños, niñas y adolescentes. Nuestra primera meta fue construir junto a ellos un aprendizaje alternativo que integrara cuerpo, arte y tecnología de un modo desafiante y exploratorio.
La definición de interfaz más generosa para un proyecto así la encontramos en la comunicación. Carlos Scolari propone:
«Una interfaz es una red de actores humanos y tecnológicos que interactúan y mantienen diferentes tipos de relaciones entre sí.» Entre sus leyes: la interfaz es el lugar de la interacción; las interfaces no son transparentes; conforman un ecosistema; evolucionan y coevolucionan con sus usuarios; no se extinguen, se transforman; si una interfaz no puede hacer algo, lo simulará; están sometidas a las leyes de la complejidad; su diseño y su uso son prácticas políticas; y la interfaz es el lugar de la innovación. (Scolari, 2019)
Esta definición es lo suficientemente amplia como para no caer en las trampas del sesgo disciplinar, creyendo que para diseñar una interfaz hace falta un tipo de tecnología o de técnica. Las técnicas y las tecnologías cambiarán, y las interfaces seguirán estabilizándose y actualizándose. Digitales, analógicas o de vivencia sin maquinaria alguna, una interfaz es un objeto técnico.
La clínica
Antes de comenzar la investigación en el MUNTREF ocurrió una historia clave para la gestación del proyecto. IT surgió de mi experiencia de trabajo clínico como arteterapeuta, como profesional de planta de AlunCo, una clínica modelo, nacional y regional, en neurorrehabilitación transdisciplinaria, que se convirtió en referente internacional de un estilo de trabajo innovador en salud. La transdisciplina, en términos prácticos, implica trabajo «extra»: actualización y especialización en la disciplina propia, formación en las otras disciplinas que intervienen sobre un objeto común y un trabajo personal intenso sobre el modo en que cada actor concibe su propio ejercicio profesional.
El consultorio (memoria personal). Todos los días, con cada paciente, se hace presente el límite de la disciplina. La disciplina cuenta con una serie de herramientas, de modos de aproximarse a la parte de la persona sobre la que trabaja. Sin embargo, la identidad y el sujeto se manifiestan como un todo que supera lo que la persona registra y lo que no registra de su forma de estar, y que incluye lo que yo registro y lo que no registro de lo que está sucediendo y de cómo yo estoy actuando. Las herramientas del arte son muy beneficiosas para los pacientes y para el equipo terapéutico, porque colaboran en integrar lo que el sistema fragmenta: en la experiencia creativa se da lugar a la persona, a su expresión, y la persona aparece.
La tarea más relevante de acompañamiento que puedo hacer es la de sostener un material, un soporte, un marco, un borde. No puedo evaluar los resultados de las manifestaciones creativas: su valor no es estético sino experiencial. Lo que se evalúa es el clima propiciado por la persona, en el que se vuelve protagonista. Yo ingreso a esa escena, en la que el otro es percibido como una persona, e intento sostener ese sentido, sin mutilarlo al mirarlo, en principio, desde su diagnóstico.
Esta memoria se vuelve relevante en el marco del paradigma de la complejidad, en el que la transformación personal y la identificación con las prácticas profesionales son aspectos esenciales. La idea de objetividad estableció un sistema de producción de conocimiento en el que no solemos dar relevancia a las condiciones que produjeron a los sujetos que producen conocimiento. Cuando leemos historia de la ciencia o biografías de quienes transformaron sus disciplinas, intentamos saber cómo se produjo una situación particular: ¿quiénes estaban involucrados y cómo eran? ¿Con qué instituciones tuvieron vínculos? ¿Cuál era el contexto? ¿Qué hitos personales y profesionales dieron lugar a esos saltos cualitativos?
Así se llega a la pregunta de este trabajo: ¿de qué se trata la producción particular de conocimiento desde el campo Arte, Ciencia y Tecnología y la transdisciplina? IT es un ejemplo: un grupo que, apoyándose en la formación en artes electrónicas, produce interfaces para el campo de la salud. Pero la posibilidad de sostener estos grupos también puede depender de liderazgos que se formaron en más de una disciplina: no solo interesarse por distintas áreas, sino aceptar el desafío de formarse en las disciplinas clave.
IT se erige sobre mi formación híbrida, con entrenamiento formal en música, arteterapia, neurorrehabilitación transdisciplinaria y artes electrónicas; sobre el trabajo con especialistas de la salud; y sobre la incorporación al equipo de estudiantes de Psicomotricidad, Computación, Estadística, Historia e Ingeniería en Sonido de la UNTREF.
We often ask ourselves how to explain, simply, the paradigm shifts between disciplinary approaches to producing knowledge. We often see confusion about the difference between interdisciplinarity and transdisciplinarity.
To make it easy to sort out and pass on, Gala, our director, uses a technique she calls “the ring of disciplines”. This short text shows that simple way of presenting the differences between single-discipline, interdisciplinary and transdisciplinary work.
“Transdisciplinarity concerns, as the prefix ‘trans’ indicates, that which is between the disciplines, across the different disciplines, and beyond all disciplines. Its goal is the understanding of the present world, of which one of the imperatives is the unity of knowledge.
This crossing lets a specific field be seen and acted on with tools and gestures very different from its own, without abandoning its fundamental structures. Transdisciplinary action is focused far more on couplings that produce new results than on dissolving the tools, ideas and techniques of each discipline.”
Basarab Nicolescu (1996). Manifesto of Transdisciplinarity. Éditions du Rocher.
The ring of disciplines

Although I have always called it that, it should really be called the ring of paradigms and methods. Being a ring, of course, it is something I use in conversation so that the idea of transdisciplinarity doesn’t take too much time away from the main topic, for which transdisciplinarity would be an approach, a philosophy of how to work.
The ring as it is worn: single discipline.

This is the single discipline: the hyper-specialized professional who only sees a hand, a part of the respiratory system or a foot, does not see their object as a whole, and shares little with other approaches.
The ring unfolded, with one link: interdisciplinarity.

This is interdisciplinarity, where two or more disciplines meet knowing they share the object of their work, the same problem. Each keeps track of which part of the problem belongs to it. They listen to each other and take into account, say, what is happening in the patient’s hand when treating the foot, but in practice and analysis each works from its own training.
The crossed ring: transdisciplinarity.

This is transdisciplinarity. It could stand for the approach of a single professional who has widened their view: when treating a patient, they no longer act or analyze from one discipline only. That is why there are “transdisciplinary subjects”, people trained in more than one discipline. Taking many short courses in different things is really not the same as training in more than one discipline you care about, without the hierarchy of one main field and the rest as hobbies.
The transdisciplinary subject rarely works alone: teams and constant updating of training and experience are part of the diet.
In the Manifesto of Transdisciplinarity, Nicolescu wraps the term in optimism and places it in the promise of a future for a humanity that seems to be doing everything it can to ensure its own extinction:
“Appearing three decades ago, almost simultaneously, in the work of researchers as different as Jean Piaget, Edgar Morin, Eric Jantsch and a few others, the term was invented to express, above all in education, the need for a joyful transgression of the borders between disciplines, a move beyond multi- and interdisciplinarity. Today the transdisciplinary perspective is being rediscovered, revealed and used at lightning speed, in answer to the unprecedented challenges of the troubled world we live in. […] Transdisciplinary researchers increasingly appear as bearers of hope.” (Nicolescu, 1998)
How the program began
The research project began from a vision of mine: that new technologies could be made from a kind of knowledge that crosses the arts with health in a broad sense, to address problems that do not seem to find integral solutions within health care.
The project settled at MUNTREF Centro de Arte y Ciencia in 2015, aiming to contribute to the qualitative leaps the health system needs to make. The complex Western health system, and the local one even more so, affects everyone in one way or another, from how health itself is defined to hospital stays. This project sets out to work inside that system and to build diverse, unexpected and collaborative strategies and goals.
From that starting point we developed a series of interfaces, in a first period of the project, with two goals: to increase the motivation of patients in neurorehabilitation, and to support both their creative development and the shaping of their identity. The aim was to work with professional teams in rehabilitation, from a hypothesis about the role of art in developing human potential: work toward a culture less centered on function and fragmentation, more integrated and more open to diversity.
Our hypotheses were as sincere as they were idealistic and complex. Making interfaces for the clinical work of different disciplines, patients and institutions was too fixed a goal for an early stage of exploration, and at the same time extremely delicate: in health care, the object of study is a person, usually going through a painful or difficult situation in which the whole body changes, and life with it. It is also a heavily regulated field, and there is usually a long way between a product made to solve a problem and a product that has been approved, validated and can circulate as a real option.
From the start we understood an interface as a physical or virtual human–machine interface, and also as a system that can involve a technology of human experience with no interactive device at all. Alongside the physical interfaces we designed educational ones, with exploratory sessions that included math, spatial and cognitive challenges and body exploration through sound, with children and teenagers. Our first goal was to build with them an alternative way of learning that brought together body, art and technology in a challenging, exploratory way.
The most generous definition of an interface for a project like this came from communication studies. Carlos Scolari proposes:
“An interface is a network of human and technological actors that interact and maintain different kinds of relationships with each other.” Among its laws: the interface is the place of interaction; interfaces are not transparent; they form an ecosystem; they evolve and co-evolve with their users; they do not die out, they transform; if an interface cannot do something, it will simulate it; they are subject to the laws of complexity; designing and using them are political practices; and the interface is the place of innovation. (Scolari, 2019)
This definition is broad enough to avoid the trap of disciplinary bias, the belief that designing an interface requires a particular kind of technology or technique. Techniques and technologies will change, and interfaces will keep settling and updating. Digital, analog or a lived experience with no machinery at all, an interface is a technical object.
The clinic
Before the research at MUNTREF began, there was a story that was key to how the project came about. IT grew out of my clinical work as an art therapist on the staff of AlunCo, a model clinic in transdisciplinary neurorehabilitation, nationally and regionally, that became an international reference for an innovative way of working in health care. In practice, transdisciplinarity means “extra” work: keeping up and specializing in your own discipline, training in the other disciplines that work on the same object, and intense personal work on how each person understands their own professional practice.
The consulting room (a personal memory). Every day, with every patient, the limit of the discipline shows up. The discipline has a set of tools, ways of approaching the part of the person it works on. But identity and the self appear as a whole that goes beyond what the person notices and does not notice about how they are, and that includes what I notice and do not notice about what is happening and how I am acting. The tools of art are very good for patients and for the therapeutic team, because they help bring together what the system breaks apart: in creative experience there is room for the person, for their expression, and the person appears.
The most important support I can give is to hold a material, a medium, a frame, an edge. I cannot judge the results of creative expression: its value is not aesthetic but experiential. What I assess is the atmosphere the person creates, in which they become the protagonist. I enter that scene, where the other is seen as a person, and try to keep it that way, without cutting them down by looking at them first through their diagnosis.
This memory matters within the paradigm of complexity, in which personal transformation and identification with one’s professional practice are essential. The ideal of objectivity built a system of knowledge production in which we rarely pay attention to the conditions that shaped the people who produce knowledge. When we read the history of science, or the lives of people who transformed their fields, we are trying to learn how a particular situation came about: who was involved and what were they like? Which institutions were they connected to? What was the context? Which personal and professional milestones led to those leaps?
That leads to the question of this work: what is the particular kind of knowledge produced from art, science and technology and from transdisciplinarity? IT is one example: a group that builds on training in electronic arts to make interfaces for health care. But whether such groups can last may also depend on leaders trained in more than one discipline: not just interested in different fields, but willing to take on the challenge of training in the key ones.
IT is built on my hybrid training, with formal study in music, art therapy, transdisciplinary neurorehabilitation and electronic arts; on work with health specialists; and on bringing students of psychomotricity, computing, statistics, history and sound engineering at UNTREF into the team.